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El volcán Anak Krakatoa: nació después de una de las peores catástrofes de la historia y ahora vuelve a amenazar al mundo

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El Anak Krakatoa es joven, todavía no tiene un siglo de existencia. Surgió en 1927. Es, también, uno de los volcanes más peligrosos del mundo. Acaso el peor. Hace unos días volvió a entrar en actividad. Escupió, como con bronca, una columna de cenizas de 15 kilómetros de altura. Una erupción continuada de más de 25 horas.Se cerraron durante varios días ocho aeropuertos indonesios y debieron suspenderse más de 3000 vuelos. Su nueva actividad encendió las alarmas en el sudeste asiático. Los temores son fundados. Su potencial de destrucción es enorme. Los especialistas declararon un nivel de Alerta III, el segundo nivel más alto en gravedad, el que indica una erupción inminente o en curso. Las medidas de evacuación están listas para ser ordenadas por si el volcán recrudece su actividad.

Anak Krakatoa significa Hijo de Krakatoa. Y ese nombre es mucho más que el de una película que pasaban las tardes de sábado en la televisión argentina; es un nombre que trae recuerdos ominosos, que recuerda terribles tragedias.

En el Estrecho de Sonda, en lo que eran las Indias Orientales Neerlandesas (actual Indonesia), está la isla de Rakata. En el centro de ella, dominándola, se encontraba el volcán Krakatoa. Hace más de 140 años la erupción del Krakatoa produjo una tragedia con decenas de miles de muertos y provocando la más ruidosa explosión de la historia de la humanidad.

Ese 27 de agosto de 1883 pareció que el mundo había explotado.

El volcán había empezado a tener actividad en mayo de 1883. Pero se subestimó su capacidad de daño. Nadie le temió. Ese fue el peor error. Primero, vibraciones y leves temblores; después, columnas apretadas de humo; luego, las explosiones, cañonazos salidos de la nada. Cada tanto fuertes vientos disipaban las nubes negras. En esos meses hubo sismos pequeños en localidades cercanas y el mar estaba más inquieto que de costumbre. Muchos pensaron que se trataba de amenazas, de bravuconadas, que el Krakatoa no terminaría de concretar.

Imagen satelital de NASA donde se observan las islas de Indonesia, Java y Sumatra. (Foto: AFP)

Para agosto la situación había cambiado. El Krakatoa se hacía sentir. Las explosiones se sucedían y las columnas de cenizas se elevaban hacia el cielo que se iba oscureciendo. Las nubes eran oscuras, apretadas, del color del plomo.

El 27 de agosto de 1883, el Krakatoa alcanzó el clímax apocalíptico. La explosión. El ruido fue aterrador. Parecía que las peores leyendas se convertían en realidad: era la furia de los dioses, la tierra partiéndose, crujiendo como un cajón. Fue el ruido más fuerte de la historia. Se escuchó a más de 3500 kilómetros de distancia. Muchos creyeron que se trataba del fin del mundo.

La columna de cenizas se disparó hacia el cielo y lo atravesó, lo dejó atrás. Más de 80 kilómetros de altura.

Para buscar un parámetro: se calcula que la explosión tuvo la potencia de 13.000 bombas de Hiroshima. Un desastre natural inigualable.

La onda explosiva generó un tsunami que arrasó con todo lo que se puso en su camino. Provocó tal revolución en el mar que las olas llegaron a tener 40 metros de alto. Nunca el mar devoró tan rápido y con tanta fruición.

Un grupo de rescate indonesio tuvo que utilizar máquinas para rescatar víctimas por el tsunami causado por el volcán Krakatoa en 2018. (Foto: AFP)

Pero no fue una sola explosión. Fueron cuatro consecutivas, con muy pocas horas de diferencia. La más potente, esa que se escuchó alrededor del mundo fue la tercera. Cada una de ellas produjo tsunamis que arrasaron con alrededor de 300 poblaciones costeras cercanas. Se calcula que las víctimas fatales fueron alrededor de 40.000. Una de las peores catástrofes naturales de la historia. Y, sin dudas, la más atronadora.

Las consecuencias se extendieron por todo el planeta, casi sin importar la lejanía de Krakatoa. Los barómetros enloquecieron en ciudades tan alejadas como capitales sudamericanas o Washington, en las costas francesas se formaron las olas más grandes de la historia en esa zona y las playas de sitios muy lejanos a la isla, como por ejemplo, Zanzíbar recibieron cadáveres. El temor se esparció por todo el mundo. Cada uno de estos eventos generó pánico y pensamientos apocalípticos.

La ceniza desprendida del volcán formó una capa, una pequeña coraza alrededor de la tierra que impidió que pasaran con mayor nitidez los rayos solares. Eso produjo que la temperatura global descendiera al menos un grado, un enfriamiento global (aunque todavía no se llamara así).

La noticia recorrió todo el mundo. Fue la primera noticia global en saberse en las grandes ciudades del mundo a las pocas horas de suceder. Esto no significa que haya sido el primer hecho que generó un interés mundial, por supuesto. Unas décadas antes, en 1865, el asesinato de Lincoln en algunos países europeos se conoció casi dos semanas después de haberse producido. Con el volcán y su erupción la noticia se supo el mismo día gracias a la nueva tecnología. Hacía muy poco que se habían instalado los primeros cables telegráficos submarinos.

Foto tomada en 2018 en la que se ve el humo del volcán Krakatoa. (Foto: AFP)

Científicos de todo el mundo percibieron los cambios ostensibles en el cielo de su ciudad. No dudaron en atribuirlos al colapso de Krakatoa. Establecieron, también gracias al progreso en las comunicaciones, una red de corresponsales en todo el mundo que contaban cómo se habían transformado los atardeceres en sus ciudades (enviaban también cartas y dibujos para que sus aportes fueran más elocuentes) y gracias a esas descripciones pudieron sacar conclusiones y realizar algún tipo de descubrimiento como el de las corrientes de chorro a partir de la pregunta de cómo era que llegaban las cenizas a puntos tan lejanos, qué era los que las transportaba.

La explosión destruyó el volcán y su caldera. Pero medio siglo después, en 1927, nació un hijo; surgió de la tierra otro volcán. Ese “hijo” se llama Anak Krakatoa y es una amenaza que de latente pasó a viva. Cada tanto entra en actividad para atemorizar a la región. Las columnas negras de material volcánico se disparan al cielo.

No es la primera vez que ocurre.En diciembre de 2018 un sector del cono del Anak Krakatoa se derrumbó parcialmente y derramó ese material hacia el mar.Esa erupción provocó un tsunami en Indonesia, en las costas de Java y de Sumatra, que dejó casi 500 muertos y decenas de miles de heridos.

Este hijo de Krakatoa amenaza. Se enciende cada unos años para recordar que su poder destructor puede ser letal, comparable al de su antecesor. Para la ciencia su actividad se vuelve impredecible, no puede anticipar la magnitud de su despertar. Hasta el momento, esta nueva erupción produjo ocho víctimas. Periodistas, fotógrafos y el capitán de la embarcación que los acercaba por el agua para registrar el fenómeno desaparecieron hace una semana y todas las búsquedas han resultado infructuosas.

Edificios y autos dañados en Serang, en 2018, luego del tsunami provocado por el volcán Krakatoa. (Foto: AFP)

Son varios los investigadores que sostienen que ese cielo perturbador, repleto de naranja, violetas y diferentes tonos de rojo que se ve en El Grito de Edward Munch, es la representación del cielo que todas las tardes enfrentaba el pintor noruego debido a la explosión del volcán. A pesar de eso, algunos creen que Krakatoa no tuvo nada que ver en esas nubes de un naranja furioso, ya que el cuadro fue pintado más de una década después de la erupción y sostienen que se tratarían de las nubes estratosféricas, nacaradas, que cada tanto aparecen en los países nórdicos.

Otro producto cultural derivado de la erupción fue una película del género desastre: Krakatoa al Este de Java. La película está inspirada en los hechos de 1883. Se iba a llamar, genéricamente, Volcano hasta que sus productores prefirieron asociarla al evento volcánico más significativo de la historia. El único inconveniente es que el título contiene un evidente error geográfico: Krakatoa queda al oeste de Java.

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