General

A 40 años de la explosión del Challenger: 7 tripulantes, 73 segundos y la peor tragedia del programa espacial

Publicado

en

El 28 de enero de 1986, en su décima misión, el transbordador explotó a 73 segundos de su lanzamiento. Por primera vez, una maestra formaba parte de la tripulación y todos sus alumnos la vieron morir por TV.

Una fiesta con muchos niños invitados se convirtió en una tragedia televisada. Una maestra, astronautas, un Premio Nobel, el poder político, la NASA. Todos los ingredientes para una buena historia que tuvo también manipulaciones, intereses solapados, presiones, una búsqueda pertinaz de ocultar la verdad, de no llegar al fondo de la cuestión.

Era el 28 de enero de 1986. El Challenger, el transbordador espacial, tendría un nuevo lanzamiento. El décimo. Había curiosos, cámaras de televisión, muchos niños. Por primera vez viajaría una maestra al espacio y desde allí daría un par de clases televisadas: clases espaciales. Un buen gancho para volver a llamar la atención sobre las actividades de la NASA que de a poco habían dejado de ser seguidas con interés; habían ingresado en una zona de intrascendencia mediática.

La atención de todos, finalmente, estuvo sobre el Challenger pero por los motivos equivocados: el desastre convoca.

73 segundos después del lanzamiento, un cisne gris e ígneo se formó en el cielo. Parecía dibujado con copos grises de humo, gases y fuego. Pirotecnia macabra. Esos segundos hubo un increíble crisol de sensaciones: asombro, alegría, ilusión, desconcierto, incredulidad, pánico, dolor. La nave espacial se desintegró en el aire apenas iniciada la misión. En el zigzagueo desaforado de las estelas de la destrucción que se tatuaron en el cielo, hubo más que una misión fallida, o el retraso de la carrera espacial. El drama de la muerte. Siete vidas, siete familias destruidas en 73 segundos.

Unas pocas horas después, gran parte de la población del mundo había visto las imágenes del desastre. Todavía los canales de noticias no estaban consolidados; a pesar de eso,CNN fue la única cadena que transmitió la explosión en vivo. Pero quienes no estaban frente a la televisión en ese preciso momento, vieron el video del momento fatal que se repitió con persistencia en todos los canales televisivos del mundo. Al día siguiente, la foto ocupó las portadas de todos los diarios del mundo.

La tripulación del Challenger. Adelante: los astronauts Mike Smith, Dick Scobee, Ron McNair. Parados: Ellison Onizuka, la maestra Christa McAuliffe, Greg Jarvis, and Judith Resnik. (Foto: NASA / AFP)

La imagen más conocida de la tripulación es una de los siete integrantes con sus trajes celestes, los cascos en la mano y las sonrisas nítidas. La publicaron en todos los medios. Es como la foto que les sacan a los equipos de fútbol antes de los partidos. Es una toma que se hace siempre, pero que solo se utiliza si algo salió realmente mal o para una efeméride. La ventaja es que están todos juntos y uniformados. Es una foto promocional que en este caso (y también en los otros vuelos espaciales) no se saca el día del lanzamiento. Por eso los gestos de los tripulantes son tranquilos. Todavía no hay tensión ni ansiedad en ellos. Todavía es la víspera. Era uno más de los movimientos promocionales que la NASA encaraba para difundir la misión. Porque no solo hay que explorar el espacio, sino parecerlo. Para seguir asegurando que el Congreso alimentaría sus cuentas, para que el presupuesto no decayera, la NASA estaba obligada a darle mayor visibilidad a su programa. Eso exigían los congresistas para que la canilla de dinero siguiera abierta. El público se acostumbra a todo. Incluso a lo excepcional, a lo que es difícil hasta de imaginar.

Fue por eso que el interés por las incursiones espaciales de los transbordadores ya no acaparaba la atención de la gente. La demostración fáctica la daban los diarios: cada lanzamiento o vicisitud de las misiones había pasado de ser el título central en la primera plana a ocupar un recuadro en una página perdida del interior. Los noticieros de televisión muchas veces no le dedicaban ni siquiera un segmento mínimo.

La foto difundida por la NASA muestra la explosión del Challenger, que mató a siete personas en 75 segundos. (Photo by NASA / AFP)

El mecanismo que se les ocurrió fue subvertir un principio que tuvo la agencia espacial desde un comienzo. Pondrían en el espacio a una persona no preparada espacialmente, a alguien que no fuera astronauta. Desde el Proyecto Mercury quienes se convertían en astronautas eran personas altamente calificadas. Tenían lo que Tom Wolfe llamó The Right Stuff. Tenían lo correcto, eran los elegidos. En este viaje la NASA cumpliría el sueño de todos los niños del mundo. Convertiría a alguien común en astronauta. En un viaje anterior había integrado la tripulación un senador: un modo de devolver gentilezas a quienes facilitaban el presupuesto.

Apenas se supo de esa posibilidad, fueron cientos los famosos que se postularon para ocupar ese asiento en el Challenger. Desde cómicos a presentadores de TV, de deportistas hasta actrices y políticos. Todos querían viajar por el espacio y muchas celebridades creyeron que ellos eran los indicados. El entonces presidente Ronald Reagan desarticuló las ilusiones de casi todos los gremios -para celebridad dedicada a otro rubro estaba él. Reagan anunció que el séptimo tripulante sería un maestro. Elegido entre los voluntarios de todo el país que se presentasen.

Se postularon 11 docentes para el programa Maestros en el Espacio. Luego de una ardua elección quedaron diez finalistas. Fueron entrenados en un centro espacial, sometidos a pruebas de todo tipo durante varias semanas hasta que se eligió al ganador.

Fue una mujer. Christa McAuliffe, una profesora de secundaria de New Hampshire. La mujer de 37 años, rulos negros y de sonrisa brillante, estaba casada y tenía dos hijos chicos. Debía dar dos clases de 15 minutos desde el espacio que serían retransmitidas a todo el mundo. Serían, qué duda cabe, las clases con mayor alumnado de la historia. Esas lecciones difundirían entre los niños y jóvenes las matemáticas y las ciencias.

El efecto que buscaban la NASA y el gobierno norteamericano se obtuvo. Ese vuelo del Challenger atrajo la atención que el programa espacial había perdido. Las historias de la profesora, sus futuras clases, su familia y su entrenamiento ocuparon las portadas de los medios de todo el país. Una persona normal en el espacio. De nuevo, las misiones espaciales acaparaban el interés público.

Para que eso se consolidara, la NASA dispuso que la tripulación fuera lo más diversa posible. La integraban mujeres, afroamericanos y asiáticos. Era el equipo más variado desde el inicio del programa. Estarían en el espacio durante casi una semana. Además de las clases de Christa, realizarían experimentos y desplegarían un satélite.

Lo que no calcularon fue que, si bien habían logrado instalarse de nuevo en la conversación pública, también sumaban un factor de presión sobre el programa. No podía haber dilaciones; todo debía suceder según lo planeado.

(Foto: BOB PEARSON / AFP)

La misión tenía pautado el lanzamiento para el 22 de enero, pero fue suspendido por inconvenientes técnicos. La fecha se corrió al 28 de enero de 1986. El programa de lanzamientos de ese año era ambicioso. Debía cumplirse con las misiones en fecha. Había otro ingrediente muy relevante para que el poder político presionara para que la segunda fecha no se pospusiera: esa noche Ronald Reagan brindaría su tradicional Discurso a la Nación y en el medio de su alocución se conectaría con el Challenger y mantendría un diálogo con los tripulantes y en especial con Christa, la maestra. Debido al desastre, el Discurso se suspendió por primera vez en la historia. El presidente sólo grabó un mensaje de pesar y homenajeó a los astronautas muertos.

La noche anterior al lanzamiento hizo mucho frío en Florida. Varios ingenieros sugirieron que se volviera a suspender el lanzamiento, que se esperara a condiciones naturales más benignas. Que el congelamiento durante la noche de algunas partes de los cohetes propulsores podían significar un peligro. Ahora se sabe que hubo reuniones y discusiones hasta bien entrada la noche del 27 de enero. Pero se impuso la voluntad política de cumplir con el cronograma pautado. Se asumieron riesgos para satisfacer intereses políticos.

Fue la peor tragedia del programa espacial (en el 2003 con el colapso del Columbus también murieron 7 tripulantes). La conmoción fue enorme. Si bien no eran muchos los que veían el lanzamiento en directo, no hubo quien dejó de verlo horas después. Además, entre los que sí lo seguían en tiempo real, había miles de niños convocados por la presencia de Christa McAuliffe.

Las imágenes de alumnos de escuela primaria y de los familiares observando la catástrofe siguen siendo desoladoras. En los gestos de los meros espectadores hay dolor y tristeza. Pero en la de los familiares se ve sorpresa y desconcierto. Un reflejo natural de negación por un lado; y por el otro, la confianza ciega en la organización (la NASA) y en esas 7 personas que tenían The Right Stuff, que eran los elegidos. Como si su preparación, sus habilidades y sus conocimientos (todos muy por encima de la media) les otorgaran súper poderes.

La esposa del piloto contó, tiempo después, que a ella le pasó eso. Shockeada, siguió las indicaciones de la NASA durante los primeros minutos, pero en su interior residía la esperanza. Buscaba y encontraba argumentos para creer que su esposo había sobrevivido. Para sus familiares eran invencibles.

Aunque en las imágenes pareciera que las gradas para los espectadores estaban cerca del transbordador, la distancia era de quince kilómetros. Los familiares fueron llevados en micro hasta la base. En ese viaje de apenas unos minutos, ella comprendió lo que había sucedido: “Vi gente, al costado del camino, llorando desconsolada, tirada sobre el capot del auto. Recién ahí me di cuenta de todo”.

En la escuela de Christa, los alumnos quedaron petrificados ante un aparato de televisión de tubo de 27 pulgadas. El espanto se instaló en sus caras. Algunos ni siquiera podían llorar.

Al tiempo, y ante la presión pública, se creó una comisión de notables para que investigara los hechos. La presidió William Rogers, exsecretario de Estado, que recibió una orden presidencial de proteger a la NASA. La integraban hombres y mujeres de gran prestigio. Ingenieros, matemáticos, físicos, ex autoridades de la NASA, Premios Nobel y Neil Armstrong, el arquetipo del hombre en el espacio.

Mientras la investigación avanzaba y los testimonios se acumulaban, se instalaba la certeza de que varios avisos graves no habían sido escuchados.

El golpe de gracia lo dio Richard Feynmann, un físico de enorme prestigio. Premio Nobel, considerado uno de los 10 físicos más importantes del Siglo XX, ejercía también como un preciso y simpático divulgador cultural. Comunicaba certeramente y nunca aburría. Además, era escasamente dócil a las presiones políticas.

Fue llamado a integrar la Comisión Rogers. Por un lado, era una elección casi obvia. No encontrarían dentro de las ciencias alguien con mayor reputación y curiosidad. Por el otro, resultó un obstáculo para los planes oficiales. Feynman no estaba dispuesto a oficiar de claque de nadie ni a legitimar con su presencia un informe que no buscara la verdad ni se sumergiera en la profundidad del problema.

Richard Feynman descubrió el motivo de la explosión del transbordador Challenger.

Sigiloso y amable, hasta gracioso, Feynmann esperó su oportunidad para hacerse notar. Estudió en silencio la cuestión, escuchó testimonios y habló con decenas de ingenieros y especialistas. Hacía centenares de preguntas e iba armando el rompecabezas. Su gran inteligencia le permitió percibir que no bastaba solo con trabajo y un enfoque poco complaciente y novedoso; para asegurarse de que los intereses políticos no taparían lo que él y sus compañeros iban hallando, urdió un golpe de efecto.

En medio de una audiencia televisada, pidió la palabra. Saludó y comenzó a hacer varias preguntas al director de uno de los programas de la NASA. Mientras tanto, Feynman miraba con insistencia a la puerta. Esperaba, casi con desesperación, un vaso de agua helada que había pedido mucho antes. Cuando llegó, suspiró aliviado. Todos los miembros de la comisión fueron servidos y dieron un sorbo a sus vasos. Solo Feynman no tomó. No se estaba muriendo de sed. Antes de hacer una nueva pregunta, con cierta lentitud, con un deliberado manejo del suspenso, agarró un círculo de goma, que parecía una especie de gomita para el pelo, y lo sumergió en su vaso de agua con hielo. Al rato, el Premio Nobel interrumpió al testigo, metió dos dedos en el vaso y sacó el círculo de goma. El frío la había puesto rígida, había perdido su flexibilidad. Tardó bastante en recuperarla. De esa manera, con ese simple experimento, Feynman convenció a millones de personas de que el problema estaba en las juntas tóricas, unas piezas de goma que debían sellar compartimentos pero que con el frío se ponían rígidas y que permitieron que por ahí se fugaran gases que produjeron la explosión.

Al fallar ese sellamiento, el escape de oxígeno y de hidrógeno provocó fuego, el contacto de éste con el tanque de combustible, la alteración de las fuerzas aerodinámicas: la destrucción de la nave espacial en su décima misión.

El compartimento de la tripulación cayó al mar tres minutos después. Se cree que los siete miembros murieron en el acto por la despresurización de la cabina. Otros creen que pueden haber sobrevivido y que lo que los mató fue el impacto contra el agua a una gran velocidad. Unos días después, se extrajo de las profundidades y los siete recibieron un funeral con todos los honores.

La preocupación del gobierno era que el resultado de la investigación dañara la reputación de la NASA y el Congreso dejara de enviar fondos. La NASA tardó dos años y medio en retomar los vuelos espaciales.

Richard Feynman y sus compañeros no solo encontraron el problema técnico, específico que provocó la explosión. Demostraron que había graves fallas en el proceso de toma de decisiones, que existían diferencias notables entre los especialistas y sus jefes. Y que las resoluciones no siempre se tomaban con la rigurosidad que el procedimiento exigía ni con las evidencias necesarias. Descubrieron que los científicos e ingenieros habían descubierto algunos problemas a los que no les encontraban la solución y que sus jefes subestimaron sus informes técnicos y objeciones. Un ejemplo: en la sesión en la que se trató el tema de la temperatura baja de la noche anterior, Feynman le preguntó al jefe de la misión qué opinaban los técnicos específicos del módulo que tenía las juntas que provocaron el desastre. El hombre respondió que las opiniones habían estado divididas, que algunos decían que había que abortar el lanzamiento y otros que había que proseguir sin problemas. Cuando Feynman preguntó quiénes eran los mayores especialistas en la cuestión, el jefe dio dos nombres. La siguiente pregunta del Premio Nobel fue la de qué habían dicho ellos dos: ambos se habían opuesto a que se continuara y pidieron por el aplazamiento.

La tripulación del Challenger camina hacia el transbordador en el centro espacial Kennedy, de Florida. (Photo by Bob PEARSON / AFP)

Antes del lanzamiento se estimó oficialmente que había una posibilidad en 100.000 de que algo saliera mal. Al fin y al cabo, era la misión más monitoreada de la historia. La tecnología avanzaba y se contaba con mediciones de parámetros inimaginables 15 años antes. Sin embargo, la investigación de la Comisión Rogers demostró que ese cálculo había sido demasiado optimista. El error en la estimación había sido grosero. Y peligrosísimo. Las posibilidades de fatalidad se fijaron, después de las investigaciones, en 1 en 200.

En el informe final de la Comisión Rogers, Richard Feynman obligó a que se incorporara una frase bajo amenaza de no suscribirlo: “Para una tecnología exitosa, la realidad debe prevalecer por sobre las relaciones públicas; la naturaleza no puede ser engañada”.

Si esa cita fuera el credo del manejo de cualquier cuestión pública, todo funcionaría mejor, de un modo más sensato.

Trending

Salir de la versión móvil