Economía
Mercosur-Unión Europea: el agro emerge como el gran ganador, pero enfrenta exigencias sanitarias y un lento desarme impositivo
En el tablero del comercio internacional, el tamaño de las alianzas suele definir la fuerza de las economías emergentes.
Tras un prolongado proceso de negociaciones que demandó 25 años, la entrada en vigencia del Acuerdo Comercial Interino (ITA) desde el pasado 1° de mayo ha consolidado entre el Mercosur y la Unión Europea (UE) el área de libre comercio más grande del planeta.
Dentro de este mega pacto bilateral, las proyecciones técnicas concuerdan en un diagnóstico unánime: la agroindustria argentina se perfila como el sector más favorecido y con mayor potencial de expansión en la próxima década.
El análisis de la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires (FAUBA) ratifica el rol central del campo en este nuevo paradigma de integración.
Según Eduardo Polcan, docente de Economía General de esa casa de estudios, la complementariedad entre ambos bloques resulta evidente.
Mientras el Viejo Continente busca colocar su oferta industrial de alta tecnología —tales como fertilizantes, maquinarias y productos farmacéuticos—, Sudamérica responde con su capacidad indiscutida para la provisión global de alimentos de calidad.
En el caso argentino, el 85% de las ventas destinadas a los países miembros de la Unión Europea proviene de productos del campo.
La caída arancelaria promete dar un impulso no solo al volumen de las materias primas tradicionales, sino muy especialmente a los bienes de mayor valor agregado, entre los que destacan la harina y los pellets de soja, el biodiésel, el vino y los productos de la pesca.
Desarme fiscal y beneficios en la carne
El corazón económico del entendimiento radica en el esquema de desgravación arancelaria y la paulatina eliminación de los derechos de exportación.
A partir de mayo de 2029, la Argentina comenzará a retirar de manera gradual las retenciones aplicadas a los despachos con destino al mercado europeo, beneficiando a las economías regionales, las frutas, los vinos, la carne y la pesca.
Para el complejo sojero, principal generador de divisas del país, el acuerdo contempla una hoja de ruta más pausada y específica.
En mayo de 2031 (al cumplir el quinto año de vigencia), el tope máximo para los derechos de exportación se fijará en un 18%. Desde ese hito, el tributo descenderá progresivamente hasta alcanzar un techo del 14% en mayo de 2036.
Especialistas coinciden en que, si este esquema fiscal se extendiera a la totalidad de los destinos globales, el impacto exportador de los granos y sus derivados aportaría más de US$ 10.500 millones adicionales en la década, según proyecciones de la Bolsa de Comercio de Rosario.
En el negocio cárnico, los beneficios inmediatos ya muestran efectos concretos.
La tradicional cuota Hilton, que cargaba con un arancel del 20% para ingresar a las góndolas europeas, pasó a gozar de una alícuota cero a partir del acuerdo.
No obstante, en la trastienda de la cuota para carne bovina aún persisten debates internos dentro del bloque sudamericano: mientras Paraguay solicita una distribución equitativa del cupo por partes iguales, la Argentina y Brasil argumentan que la repartición debe respetar el desempeño histórico de exportación de cada nación.
Filtros ambientales y tensión política en Europa
A pesar del optimismo inicial, el análisis académico advierte que la reducción de aranceles no garantizará un acceso automático a los consumidores europeos.
El verdadero desafío para los exportadores locales residirá en superar la creciente maraña de barreras no arancelarias impuestas por Bruselas.
Las exigencias en materia de trazabilidad, sustentabilidad ambiental, control de residuos de agroquímicos en productos vegetales y normativas sobre bienestar animal o envasado funcionarán como severos filtros de selección.
Aquellos establecimientos agrícolas y frigoríficos que logren certificar los estrictos estándares socioambientales capturarán las oportunidades comerciales más lucrativas, mientras que las unidades productivas que no adecuen sus procesos quedarán marginadas de la red comercial europea.
Por otra parte, la plena consolidación del acuerdo aún enfrenta un terreno sinuoso en el plano diplomático europeo.
Mientras el tramo comercial se ejecuta bajo la figura interina, el capítulo político requiere la ratificación del Parlamento Europeo y de los congresos nacionales.
En este escenario, renace el histórico proteccionismo de sectores agrícolas de países como Francia y Polonia, cuyos dirigentes buscan desacelerar la integración argumentando que el ingreso masivo de alimentos sudamericanos amenaza la competitividad y sustentabilidad de sus productores locales.
Para la Argentina, el escenario abierto por el tratado Mercosur-Unión Europea exige combinar el entusiasmo comercial con una estrategia rigurosa de inteligencia de mercados.
La rebaja de aranceles alinea los incentivos para producir más, pero el éxito definitivo dependerá de la capacidad del agro argentino para posicionar sus productos con valor agregado y cumplir con las rigurosas credenciales ecológicas que el consumidor europeo demanda hoy con mayor firmeza.